Es un tema que surge mucho más de lo que la mayoría imagina. No durante una cena entre amigos, por supuesto. Tampoco en los perfiles de las páginas de citas. Aparece en los mensajes privados, pasada la medianoche, cuando las máscaras empiezan a caer. «¿Es normal no haber tenido nunca un orgasmo?». La pregunta rara vez se formula de forma tan directa. Suele llegar disfrazada. Con humor. Con cierta autocrítica. O, en ocasiones, con una preocupación que se percibe desde la primera línea.
Después de años viendo desfilar confidencias relacionadas con escorts, encuentros liberales y anuncios eróticos, hay algo que llama especialmente la atención: muchas personas mantienen una vida sexual activa sin haber experimentado nunca un orgasmo. Algunas han tenido varias parejas. Otras han probado experiencias que mucha gente jamás se atrevería a vivir. Y, sin embargo, ese momento del que todo el mundo habla parece seguir estando fuera de su alcance.
¿Lo más sorprendente? No se trata necesariamente de las personas más reservadas ni de las menos experimentadas.
Nos han vendido el orgasmo como una meta obligatoria. Como una especie de validación final. Si una relación sexual ha sido satisfactoria, debe terminar en orgasmo. Si no llega, entonces algo va mal. Esta idea está tan arraigada que muchas personas ni siquiera se plantean cuestionarla.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Algunas personas disfrutan enormemente del sexo sin llegar nunca a ese punto culminante. Otras sienten excitación, deseo, complicidad y una auténtica satisfacción sexual. Pero el orgasmo sigue sin aparecer.
El problema no siempre es la ausencia de orgasmo. El verdadero problema suele ser la obsesión por creer que debería estar presente a toda costa.
Muchas personas creen que son las únicas que viven esta situación, cuando en realidad millones de adultos nunca han experimentado un orgasmo o lo hacen de forma muy ocasional.
El sexo es probablemente uno de los pocos ámbitos en los que desear algo con demasiada intensidad puede impedir que ocurra. Cuanto más vigila una persona sus sensaciones, analiza sus reacciones o espera el momento decisivo, más posibilidades tiene de alejarse de él.
Parece absurdo, pero el cerebro funciona así. Le encanta tomar el control justo cuando debería dejarse llevar.
Este fenómeno se observa en perfiles muy distintos. Directivos acostumbrados a controlarlo todo. Emprendedores que siguen pensando en el trabajo incluso en la cama. Padres agotados. O simplemente adultos que han pasado años preguntándose si estaban haciendo las cosas correctamente.
Mientras el cuerpo intenta disfrutar, el cerebro sigue rellenando una hoja de cálculo invisible.
Existe una imagen bastante divertida del mundo liberal y swinger. Mucha gente imagina que basta con multiplicar las experiencias para desbloquear automáticamente todos los placeres sexuales. Ojalá fuera tan sencillo.
He visto personas cumplir fantasías que llevaban persiguiendo durante quince años sin llegar nunca al orgasmo. He visto parejas con una complicidad extraordinaria vivir noches inolvidables sin que eso cambiara absolutamente nada en este aspecto concreto.
El sexo no es un videojuego. No existe un nivel secreto que desbloquee automáticamente la recompensa final.
Una noche en Ginebra, una mujer de unos cuarenta años explicaba que había vivido diversas experiencias liberales, frecuentado clubes privados y conocido hombres que realmente le resultaban atractivos. Sin embargo, nunca había alcanzado el orgasmo. Su preocupación no nacía de ella misma, sino de las reacciones de los demás, que parecían más perturbados por la situación que ella.
No siempre somos conscientes de ello, pero muchas conversaciones sobre sexo se parecen a competiciones disfrazadas. ¿Quién tiene la vida sexual más intensa? ¿Quién acumula más parejas? ¿Quién alcanza el orgasmo con más facilidad?
Entre las redes sociales, el contenido para adultos y los relatos exageradamente embellecidos, muchas personas terminan creyendo que van con retraso respecto a los demás.
La realidad es mucho menos espectacular. Detrás de las apariencias, una cantidad sorprendente de adultos se plantea exactamente las mismas preguntas. Simplemente no hablan de ello.
En algunos casos, la ausencia de orgasmo llega incluso a convertirse en una obsesión. Cada encuentro sexual se analiza. Se evalúa. Se compara con el anterior. Y cuanto más aumenta la presión, más se aleja el resultado esperado.
No todo ocurre en la mente. Algunos tratamientos médicos, los trastornos hormonales, la fatiga crónica o determinadas etapas de estrés intenso pueden influir considerablemente en la respuesta sexual.
El cuerpo humano rara vez es tan cooperativo como quieren hacernos creer las revistas. Puede sentirse excitado y agotado al mismo tiempo. Deseoso y estresado. Disponible y bloqueado simultáneamente.
Precisamente esa mezcla es la que hace tan difícil resumir la sexualidad en fórmulas universales.
En el universo de los encuentros para adultos, muchas personas llegan con ideas preconcebidas. Han leído un testimonio. Han visto un vídeo. Han escuchado los consejos de un amigo que asegura saberlo todo.
Después reproducen mecánicamente lo que han visto en otros lugares con la esperanza de obtener exactamente el mismo resultado.
Sin embargo, el placer es profundamente personal. Lo que provoca una intensa excitación en una persona puede dejar completamente indiferente a otra. Algunas descubren su sexualidad en pocos meses. Otras necesitan varias décadas.
Algunas personas cuentan que experimentaron su primer orgasmo después de más de veinte años de vida sexual activa. Evidentemente, el cuerpo nunca ha leído los plazos teóricos que intentamos imponerle.
Lo primero suele ser dejar de convertirlo en una misión. Puede parecer contradictorio, pero es probablemente uno de los consejos más repetidos por los especialistas en sexualidad.
Volver a las sensaciones. Observar qué genera placer. Dejar de considerar cada relación sexual como un examen que hay que aprobar. Aceptar también que existen distintas maneras de vivir una sexualidad plena y satisfactoria.
Algunas pistas que pueden resultar útiles son:
En Lausana, un hombre explicaba que recibía regularmente propuestas a través de anuncios eróticos. Llevaba años acumulando encuentros. Un día terminó admitiendo que su verdadero problema no era la ausencia de orgasmo. Era el miedo constante a decepcionar. Tardó menos de treinta segundos en decirlo y casi diez años en comprenderlo.
De tanto escuchar hablar del orgasmo como si fuera un trofeo, muchas personas olvidan algo evidente: el sexo no debería ser una competición. No es un examen final. No es una medalla que haya que conseguir antes de una fecha límite.
Algunas personas descubrirán el orgasmo mañana. Otras dentro de cinco años. Otras quizá nunca. Eso no dice absolutamente nada sobre su capacidad para desear, seducir, amar o disfrutar de su sexualidad.
Quizá la verdadera pregunta sea otra. ¿Y si muchos de nosotros estuviéramos persiguiendo una definición del placer que ni siquiera nos pertenece?
Sí. A diferencia de lo que muchas personas imaginan, hay quienes nunca han experimentado un orgasmo pese a tener una vida sexual activa. Esto no significa necesariamente que exista un problema médico o psicológico. El placer sexual puede existir sin orgasmo, y cada persona tiene su propio funcionamiento íntimo.
Pueden intervenir varios factores: el estrés, la ansiedad de rendimiento, ciertas creencias relacionadas con la sexualidad, algunos medicamentos, el cansancio o la dificultad para dejarse llevar. En muchos casos, la mente desempeña un papel más importante de lo que se suele pensar.
Absolutamente. Muchas personas sienten deseo, excitación, complicidad y un verdadero bienestar durante sus relaciones sexuales sin llegar al orgasmo. Reducir la sexualidad únicamente a la búsqueda del orgasmo puede impedir, en ocasiones, apreciar otras formas de placer sexual.
No necesariamente. Algunas personas multiplican las experiencias, los encuentros liberales o las parejas sexuales sin llegar nunca al orgasmo. Descubrir nuevas prácticas puede enriquecer la sexualidad, pero no garantiza automáticamente una respuesta orgásmica.
Sí. El estrés es uno de los factores mencionados con más frecuencia. Cuando una persona analiza constantemente sus sensaciones, teme decepcionar o intenta controlarlo todo, resulta más difícil dejarse llevar por el momento. Esa presión puede frenar o bloquear el orgasmo.
No. Una persona puede sentirse muy atraída por su pareja, experimentar mucho deseo y vivir una sexualidad satisfactoria sin alcanzar el orgasmo. La atracción sexual y el orgasmo son dos mecanismos diferentes que no siempre están directamente relacionados.
A menudo se recomienda reducir la presión ligada al resultado, comunicarse mejor con las parejas y explorar las preferencias reales de cada uno. Si la situación genera un malestar importante o se prolonga desde hace mucho tiempo, un profesional de la sexualidad o de la salud puede ayudar a identificar posibles bloqueos o factores médicos.


